El Monasterio de Liébana fue un lugar de trascendencia, tanto religiosa como política, desde los primeros tiempos de la reconquista. Beato de Liébana, que vivió en la segunda mitad de siglo VIII, muy cerca de donde dos siglos después se construyó nuestra iglesia, no sólo fue de vital importancia por sus "Comentarios al Apocalipsis", que sirvieron de modelo para una de los más importantes desarrollos de la miniatura en el occidente de Europa a lo largo de toda sus historia, y por su discusión, en la que fue apoyado por la iglesia romana y francesa, con Elipando de Toledo sobre la teoría adepcionista de este obispo mozárabe, sino también por su influencia en la corte asturiana y por su colaboración, desde su ya indiscutible renombre en toda la Europa cristiana, en la creación del mito de Santiago de Compostela. La labor de este personaje, tan importante A sólo 12km de Santo Toribio de Liébana - que entonces se llamaba San Martín -, en una pequeña meseta que forma un oasis de vegetación dentro de un impresionante entorno montañoso, encontramos uno de los monumentos más bellos y mejor conservados del arte español del siglo X. Es en el cartulario de dicho monasterio donde se encuentran los documentos que nos informan de que fue fundado por Alfonso y Justa, condes de Liébana, posiblemente mozárabes procedentes de Sevilla, hacia el año 924, lo que significa que su construcción es algo posterior a las de San Miguel de Escalada y San Cebrián de Mazote y contemporánea de las de Wamba, Sahagún y Peñalba.
Construida en mampostería, con grandes sillares en las esquinas, su planta de 16m de largo por 12 de ancho, muy semejante a la de Wamba, en la que podría estar inspirada, tiene forma de cruz griega inscrita en un rectángulo, casi un cuadrado, del que sobresalen tres ábsides planos, algo más largo el Si no consideramos dicho pórtico - construido, a la vez que la sacristía existente en el costado norte, en el siglo XVIII para lo que también se modificó la parte oeste del muro sur y el tejado de la cámara del ángulo
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sudoeste, dejando al aire en su interior un bello conjunto de modillones - su imagen exterior, en la que cada compartimento corresponde a una altura y un tipo de cobertura diferenciada, recuerda a San Miguel de Tarrasa, excepto en que los dos tramos delanteros de la nave central forman un único elemento de mucho mayor altura que el resto de la iglesia. Pero más impactante es su interior, dividido en doce cuadrados, todos comunicados entre sí excepto los dos compartimentos laterales del costado oeste y los dos ábsides laterales, que en ambos casos están separados del central por muros cerrados. En el sistema de cobertura, independiente para todos los tramos, no se ha utilizado ninguna de las técnicas habituales en las construcciones mozárabes, volviendo a las visigodas y asturianas, ya que todos los espacios están cubiertos por bóvedas de cañón a distintas alturas, dispuestas de forma longitudinal en la nave central, en la cabecera y en los tres compartimentos del último tramo, mientras que en los dos compartimentos centrales de las naves laterales están situadas de forma perpendicular a la alta bóveda de la nave central, proporcionando una mayor consistencia al conjunto, En su estructura interna volvemos a observar una interesante simbiosis entre el arte visigodo, el asturiano y la influencia árabe: a pesar de que el diseño básico de su planta corresponde al de una iglesia cruciforme visigoda, si se accediera por la que debió ser la entrada original, en el muro oeste, la Esta sensación de independencia de los diversos espacios está muy marcada por la diferencia entre las alturas de las bóvedas, lo que genera también arcos prácticamente del mismo tamaño pero de distinta altura entre los diferentes compartimentos, para lo que se ha optado por una solución muy original mediante la utilización de columnas de distinta longitud adosadas al mismo pilar, todas ellas de fuste cilíndrico sobre basas áticas, terminadas en capiteles de tipo corintio, con decoración vegetal y collarines de sogueado asturiano, y sobre ellas cimacios en forma de tronco de pirámide invertida. El resultado final, de una estética sorprendente, es que a cada costado |
| de una pilastra existen columnas y capiteles muy semejantes, pero situadas de forma escalonada, formando una especie de espiral óptica que aumenta la sensación de ligereza del conjunto. Mención especial merece la decoración escultórica existente tanto en el interior como en el exterior de la iglesia, en la que también encontramos antecedentes visigodos, asturianos y mozárabes. En el interior se debe destacar una gran losa de piedra que estaba mostrando la cara posterior en el frente del altar y, a mediados del siglo pasado, fue puesta a la vista por su párroco. Está decorada con un gran círculo de 90cms de diámetro en el que hay inscrita una esvástica de 16 radios, rodeado por otras seis rosetas decoradas, todo ello de tipo visigodo o quizá anterior. Todo el conjunto de capiteles, de tipo corintio con dos o tres filas de hojas de acanto es claramente mozárabe, semejante a los de Mazote, aunque con collarines sogueados típicos del arte asturiano. En el exterior, además de fijarnos en las ventanas, muy estrechas, terminadas en arco de herradura tallado en una piedra, con derrame interior, es interesante destacar la influencia visigoda en la decoración de los modillones - restaurados a finales del siglo XIX, a la vez que se construyó la torre exenta no existente en la iglesia original -, formada por de 4 a 6 círculos en cada costado, en los que hay inscritas esvásticas y rosetas de seis ramas, y en la de los frisos que los soportan, que incluyen dibujos vegetales y geométricos que recuerdan a los de San Juan de Baños Como resumen, Santa María de Lebeña es un monumento de visita obligada, no sólo por ser un edificio prerrománico de gran belleza e interés, sino también por tratarse de una de las obras en la que se puede analizar con mayor claridad la fusión entre los estilos visigodo, asturiano y mozárabe.
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